Nada más abrió la boca, supe que su sermón en hebreo antiguo estaba dedicado a mí, quizás el único telespectador contemporáneo que podía entenderle. Tumbado en el sofá le escuché hablar desde su tribuna del Vaticano, y confieso que sus dulces palabras acerca del amor del Padre consiguieron ponerme al borde de las lágrimas. Pero todo se estropeó cuando mencionó el valor supremo de la oveja descarriada que al final opta por arrepentirse de sus pecados. Incapaz de reprimir un bostezo, apunté con el mando a distancia y cambié de canal. A fin de cuentas, todavía recordaba el dolor de la caída.