miércoles, junio 10, 2009

Fuego


La deja sobre la cuna y cuenta de nuevo los dedos de su minúsculo pie izquierdo, murmurando en voz baja una oración. La niña da patadas al aire alegremente y saluda con su media lengua infantil cada roce de las manos de su madre. Se ríe. Ella no percibe la desesperación con que la mujer repite esa suma que siempre arroja el mismo fatal resultado. Sus seis diminutos dedos rosados se agitan buscando la siguiente caricia, como si fuera un juego. La madre se aleja unos pasos y mira los camastros donde duermen sus otros cinco hijos. Cinco cabezas rubias bañadas por la luz fría de la madrugada, ajenas a todo. La mujer decide entonces.  Se calza sus zuecos y  envuelve su cuerpo flaco en el chal de lana. Se persigna. Toma a la niña en brazos, la abriga pero no se atreve a besarla por última vez. Camina con paso ligero hacia el pueblo. Allá, a lo lejos, se divisa el resplandor naranja de las primeras hogueras.
(foto de Horst. P. Horst)