
Papi y mami han venido de la calle con la abuelita nueva que les pedí. Están muy contentos, y cada vez que hablan se escapa de sus bocas una nube de vapor helado. Te gusta, cariño, dice papi, no las había con el pelo más blanco, y eso que recorrimos la calle del albergue de arriba abajo. Yo me pongo a dar brincos en el salón. Mi nueva abuela lleva un lazo rojo muy bonito en el cuello, pero no habla, sólo abre mucho los ojos y me aprieta la mano con sus dedos flacos, mientras yo le enseño el piano de cola y el árbol, tan grande que las puntas de la estrella rozan el techo. Le arreglo el lazo del cuello, que se le espachurra todo el tiempo, y le doy muchos besos para que vea lo cariñosa que soy, aunque la pobre huele un poco como los paraguas cerrados. Arrastro a mi abu a mi habitación, le explico la esquina de la cama donde debe sentarse por las noches a leerme un cuento. Pero como sigue sin hablarme empiezo a pensar que igual es un poco tonta, me aburro y la llevo al balcón. La dejo encerrada un rato para que se airee. Al pasar, veo que papi está en el aseo, llenando la bañera de agua muy caliente y que en la cocina mami afila el cuchillo de trinchar el pavo.
(foto de Miles Aldridge)



