
Encontró a su novio muerto en facebook, por Nochevieja. Sin rencores escribió en su muro, deseándole un feliz año nuevo

Debo decir que me ha encantado esta guía de la novela negra que cumple perfectamente su cometido y permite a cualquier lector profano en la materia como yo acercarse a la historia de un género que tiene entre sus precursores del siglo XIX a Dickens y Conan Doyle, así como comprender su evolución a partir de cambios en los temas y motivos predilectos de los autores en la centuria siguiente, y el momento que vive en la actualidad, gracias a obras publicadas ya en la primera década del siglo XXI.
El del enigmático Héctor Malverde es un repertorio ágil, que en ningún momento hace alarde de erudición y sabe combinar el sentido del humor, anécdotas, referencias librescas y cinematográficas y los propios gustos del autor con el conocimiento profundo y un amplio caudal de lecturas del género negro. He disfrutado mucho asomándome a las diferentes secciones del libro, que pasan lista a los primeros grandes nombres que hicieron incursiones en la novela negra, recogen motivos clásicos como la ambientación en grandes casas de campo de la campiña inglesa o lujosos cruceros, la creación de personajes tan conocidos como el padre Brown o Hercules Poirot, la novedad que supone la aparición en escena de tipos urbanos como Phillip Marlowe y otros detectives engabardinados que recorren las calles de grandes ciudades siguiendo el rastro de criminales violentos y escurridizos, sin olvidarse de la irrupción de agentes de la ley, policías e inspectores o médicos y forenses, e incluso investigadores aficionados que, andando el tiempo, se ven involucrados de un modo u otro en las pesquisas de un crimen.
Pero, además, Héctor Malverde incluye en un apartado a sus asesinos literarios favoritos, creando, en definitiva, un atlas global de un género en boga que invita a leer muchos de los títulos citados, a emular a los sabuesos más célebres y a desvelar, entre otros enigmas, el de su propia identidad


Después de la lectura de este cortísimo libro de seiscientas páginas no me queda otra alternativa que desear, con todas mis fuerzas, que algún dios misericordioso le haya concedido, por las buenas o por las malas, el don de la inmortalidad a Julio Cortázar. Eso querría decir que él está ahora mismo en algún lugar, sentado ante una mesa llena de papeles, aporreando su vieja máquina de escribir, interrumpiéndose a veces para añadir un acento a mano o prepararse un nescafé.
Quiero creer que existen por ahí, dispersas en carpetas y cajones aún desconocidos, cientos de cartas como estas que he leído, emocionándome a cada página, riendo a carcajada limpia, subrayando frases y párrafos que deseo no olvidar. Necesito pensar que la inevitable tristeza que ha provocado en esta lectora cerrar por última vez el libro cesará cuando de pronto aparezca, por arte de birlibirloque, otro tomo de su correspondencia.
Mientras tanto, nadie debería perderse esta fiesta de la literatura, este hechizo permanente que es leer al más grande de los cronopios, pobre de solemnidad en el París de los años 50, pero entregado al arte, a la vida y a la amistad con toda la pasión que cabía en sus frágiles dos metros de estatura.
Una descubre que Cortázar aprendía a ver para contar el mundo, devorando con fruición todos los cuadros renacentistas que se exponían en los museos, las obras de teatro que se representaban, la música que sonaba en las salas de concierto, los textos ajenos que leía. Cortázar se alimentaba en aquellos años penosos casi exclusivamente de arte y de amistad, procurando hacer partícipe de todo lo que vivía en París al camarada lejano que era Jonquières, compartiendo con él la extraña mezcla de libertad y culpa del exiliado, volcándose, todo generosidad y espíritu crítico al mismo tiempo, en la disección de las tentativas artísticas de su destinatario, discutiendo cada verso, cada título, cada pincelada, con una agudeza y una sinceridad que sin duda debieron resultar demoledoras muchas veces para Jonquières.
Le habla a su amigo del miedo al propio cuerpo, de la sombra alargada de la enfermedad que le persigue, y del amor interrumpido con Aurora Bernárdez, Glop, en Argentina, que se hará real y duradero en París. Le confía el estado embrionario de sus cronopios y sus famas, los dolores de cabeza que le ocasionan sus trabajos como traductor mercenario para la Unesco, el enigma de los cuentos de Poe, de quien sospecha que lo ha convertido en uno de sus atormentados personajes.
Cortázar irá, inevitablemente, cambiando con el tiempo, al igual que ocurre con su corresponsal al otro lado del Atlántico. Sin embargo, la relación sobrevive siempre, gracias en buena medida a los conmovedores esfuerzos del escritor para que así sea. Y es que una tiene la sensación de que esa amistad hecha de mimbres ilustrados y emocionales va adelgazando con el tiempo, queda reducida apenas a un hilo tenue, debido sobre todo a la progresión ascendente del autor (que empieza escribiendo cartas torrenciales en un cuarto parisino, en el tiempo en que alterna los oficios más diversos para pagar el alquiler y envía su última misiva, desgarradoramente breve, elegíaca, convertido ya en un nombre consagrado que asiste a congresos donde se analiza su obra y es traducido a los idiomas más diversos) pero se mantiene hasta el final, y al concluir la lectura de la carta del 24 de febrero de 1983 nota un conejo blanco, no, mejor dos conejos blancos, atorándole la garganta y se lleva la mágica impresión de que lo que tenido entre las manos era una novela disfrazada de carta, una novela que huele a tabaco, a jazz, a charlas hasta la madrugada; una novela por entregas, hecha de capítulos envueltos en sobres amarillentos como queso francés, que llegan desde los rincones más pintorescos del planeta. Una novela escrita en tono de confidencia que cuenta la historia de un argentino con cara de adolescente eterno y con serios problemas para pronunciar las erres, entregado a la literatura en tanto vía de comunicación de la belleza, del amor, y también, como no podía ser de otro modo, del maravilloso dolor y goce que supone estar vivo.
(Ficha inicialmente publicada en la web Anika entre libros, http://libros2.ciberanika.com/desktopdefault.aspx?pagina=/letras/C/p06096.ascx)


Por si a alguien le quedaba todavía alguna duda al respecto, el cómic de superhéroes no es tan solo un colorido producto pop, que busca proporcionar a sus adeptos una lectura fácil e intrascendente. Esa es, quizás, la primera conclusión que se extrae del volumen que ahora nos presenta Blackie Books, en cuyas páginas los superhéroes, ataviados con mallas de lycra y capas voladoras, toman el relevo de los antiguos dioses griegos a la hora de representar la eterna lucha que el hombre sostiene contra los propios miedos, sus pasiones e incertidumbres, y el deseo de superación de sus limitaciones físicas.
Esta relación que va estableciéndose entre las figuras de un buen número de superhéroes y diversas cuestiones de índole filosófica, sirve para trazar un ameno recorrido por el mundo del cómic y llevar a cabo un intento de dignificación del género, toda vez que los temas abordados en gran parte de las novelas gráficas y filmes aluden cuestiones que asaltan al ser humano desde muy antiguo, y que han sido tratadas a lo largo de la Historia por filósofos como Aristóteles, Platón, Sócrates o Kant, tales como la inmortalidad, la lucha perpetua del Bien y el Mal, el dilema moral de la criatura portentosa que debe cargar para siempre con la responsabilidad de su superpoder, el engaño, la doble identidad que se oculta tras la máscara, etc.
Quiero destacar que algunos de los estudios incluidos me parecen francamente magníficos, porque analizan con sentido del humor y gran agudeza el tema planteado por su autor, de modo que puede disfrutar de su lectura el fan contumaz del cómic, pero también cualquier lector curioso que desee entrar en contacto por primera vez con el universo Marvel, los atípicos protagonistas de la serie Watchmen, o conocer las características que convierten en héroes antitéticos a personajes de sobra conocidos, como Superman y Batman, por ejemplo. En mi opinión, la primera y segunda parte del libro, tituladas respectivamente La imagen del superhéroe y El mundo existencial del héroe son extraordinarias en cuanto a lo sugestivo de los temas tratados y la brillantez con que se desgranan los planteamientos iniciales. Me han interesado muy especialmente los capítulos 4 y 5, Revisionismo de superhéroes en Watchmen y The Dark Knigth Returns y Dios, el Diablo y Matt Murdoch, que se encuadran en las dos secciones iniciales del estudio. En el primero de estos trabajos se analiza la figura del héroe sometido a estructuras sociales que coartan su libertad de acción, cuestionándola incluso, y cómo determinados personajes se rebelan contra el sistema y obran al margen de él y sus normas. Por su parte, el segundo de los artículos mencionados se centra en la curiosa figura de un superhéroe católico, Daredevil, que respeta siempre los preceptos de su fe, aunque pueda resultar contradictorio que estos mandamientos religiosos se apliquen a los representantes del crimen y la maldad absoluta. Pero también merecen, y mucho, la pena, los ensayos dedicados a algunas protagonistas femeninas, como el que se ocupa de Barbara Gordon, la heroína dotada de doble identidad que en un primer momento es conocida como Batgirl y discípula aventajada de El Caballero Oscuro, pero que tras quedar paralítica en un accidente asume la personalidad de Oracle, cumpliendo, de este modo, el ansiado perfeccionamiento moral que la aleja del maestro. Muy relacionado, precisamente, con Batman, se halla otro de los mejores capítulos, el firmado por Matt Morris, donde se repasa el concepto de amistad aristotélica que vincula al superhéroe más solitario con algunos miembros de su entorno, como Robin, Catwoman o su mayordomo Alfred.
Considerados durante mucho tiempo como ídolos de un público adolescente, estos personajes han conseguido durante décadas enteras ocultar bajo sus disfraces de colores primarios y un extravagante antifaz su verdadera trascendencia y la profundidad de sus historias. Gracias a Blackie Books por venir a desenmascararlos, al fin.
(Ficha inicialmente publicada en la web Anika entre libros, http://libros2.ciberanika.com/desktopdefault.aspx?pagina=/letras/M/p06117.ascx)



