martes, agosto 02, 2011

Bienes muebles. Cuento publicado en Heraldo de Aragón



BIENES MUEBLES
Soy una sirena. Ni siquiera recuerdo mi nombre, pero seguramente es porque nunca lo he tenido. Quién sabe, hace mucho que no vivo en el mar y ese pasado mío es un enorme recuerdo azul y vacío que a veces vuelve cuando sueño, una ola resacosa que arroja a la playa una botella de plástico, sin mensaje en su interior.
Dejé de ensayar bailes sincronizados con mis hermanas y de subirme a mi roca favorita para peinarme con un trozo de coral y ver pasar las horas como la sombra de un barco a lo lejos. Hay tanta mitología asociada a las sirenas que quizás ellos me hayan inventado una memoria que nunca fue mía sino la que su sirena, esa que habita en su piscina, debería tener.
Preferiría olvidarme de cómo llegue aquí. Desde el principio supe que de mi capacidad para adaptarme a un estanque recurrente en forma de alubia dependía mi supervivencia, pero eso no ayuda a borrar cómo me extirparon del mar. Nos pusimos de moda hace una década, igual que poco antes les ocurrió a los niños camaleones o a las mujeres pantera. De cuando en cuando una empresa especializada en mascotas exóticas emprendía la búsqueda de una nueva presa, de un ser a medio camino entre el algo y el alguien que pudiera ofrecerse a un público de millonarios caprichosos y sin muchos escrúpulos. Nos capturaban con redes transparentes de un material tecnológico que quedaba prensado en torno a nuestros cuerpos y nos inmovilizaba por completo. De nada servía gritar, por más desesperados que fueran los aullidos aquellos hombres rana no dejaban de alzarnos a la cubierta de sus lanchas. Es otra leyenda, eso de que nuestro canto paraliza el alma y anula la voluntad.
Mis dueños actuales se acercan por turnos a la piscina. Nunca juntos. Ella, bien entrada la mañana, tambaleándose sobre sus sandalias de tacón, con el vaso de ginebra en la mano y uno de sus aparatosos bikinis estampados con manchas de animal. La mujer leopardo, serpiente o cebra, dependiendo del día, se tumba en la hamaca y recibe llamadas de sus amantes. Pide hora al peluquero. Me mira con un poco de asco antes de sumirse en un sueño narcótico, sol y alcohol. Él vendrá de noche, con la excusa de darse un baño relajante después del trabajo. Se desnudará junto a la piscina con gestos de seductor. Yo suspiraré, cansada, y me hundiré hasta el fondo, como cada vez. Sé que es cuestión de meses que alguien de una inmobiliaria llegue para colgar un cartel de SE VENDE en la verja del jardín.

(Cuadro Las amistades peligrosas, de R. Magritte)

4 comentarios:

Víctor dijo...

Me gusta el conjunto, y me gustan muchos detalles, la manera de resolverlos. Total, que me gusta.
Un saludo.

El Joven llamado Cuervo dijo...

Se me antoja un triste y melancólico testigo, esa sirena sin nombre.

Aldabra dijo...

Me ha encantado, claro, porque algo así podría pasarme a mí. Menos mal que pocos saben donde vivo.

biquiños,

¿Me dejarías tu relato para ponerlo en mi blog "Sirenas", por supuesto pondré que eres su autora y enlazaré tu blog.

Pat Rizia dijo...

Claro que sí, Aldabra! Muchas gracias por los comentarios a los tres