domingo, noviembre 20, 2011

Amigas


Cuando por fin junté el valor para despedirme le conté a mi muñeca que nos quedaban pocas tardes de juego. Por primera vez desde que la conocía guardó silencio. Esperé un tiempo prudencial. No reaccionó y entonces le susurré muy trágica que había escuchado al doctor decirles a mis padres que me estaba muriendo de tuberculosis. Tuberculosis, silabeé. Me quedaré muy flaca y escupiré sangre en el pañuelo sin parar. Ni siquiera cumpliré once años. La muñeca asintió, negligente, y volvió los ojos helados hacia algo que estaba situado a mi espalda, quizás en dirección a la estantería de mi hermana pequeña. Aquella misma noche, mientras me acostaba, le confesé a mi madre con una extraña voz de adulta que había decidido con cuál de mis juguetes quería ser amortajada

5 comentarios:

Antonia Romero dijo...

¡Qué malaaaaaa! Me ha encantado, como siempre.

Besos

A vueltas con la mala leche... dijo...

Una vez más el cóctel de candor, perversión, atmósferas oscuras y giros epatantes marca de la casa.

¡Enhorabuena!

Pedro

El Joven llamado Cuervo dijo...

salvaje!

No Comments dijo...

Y la muñeca lo sabía y por eso intentaba no hacerle caso. Bestial.

Un saludo indio

Arevalo dijo...

Mi rostro dibujó una sonrisa cruel.(¡Me gustó!).