
VIAJAR CON CLARA
Yo, que soy muy perezosa para viajar, que no acabo de entender la afición desmesurada de aquellos que en cuanto reúnen unos días libres se fabrican un trayecto, una estancia y unos planes de visita perfectamente pautados, agradezco sobre todo el que Clara me haya, nos haya preparado a todos los lectores este gran tour europeo, vital, temporal y literario. La agencia de viajes Obligado no descuida, profesional como es, ningún aspecto relacionado con el viaje, ningún motivo que pueda incorporarse, y por ello en sus relatos se surcan los espacios físicos, se recorre el tiempo, se explora el interior del personaje, de la autora, de la propia ficción. Me gustan los viajes organizados si están tan bien organizados, si uno, al hacerlos, tiene la sensación de que sigue un camino, por azaroso que este sea.
Porque junto con las coordenadas básicas de que se nutren los viajes, el azar, ese ingrediente invisible y decisivo, esa mezcla de magia y suerte que a veces rige nuestros pasos y juega con las piezas de nuestras vidas, es un elemento clave en las historias que aquí se recogen. El azar es el aire que respiran ese emigrante polaco que se confunde al bajar del barco y debe comenzar de cero en un país que no era su destino; o esa ama de casa norteamericana que decide salir de la vieja furgoneta de su esposo, cumpliendo en una tarde lluviosa el sueño de muchos espectadores sobrecogidos de Los puentes de Madison; o esa muchacha judía que se despide del mundo sacando la mano por la ventanilla de un tren que la conduce a un campo de exterminio nazi; o esa jovencita de una tribu nómada con una cicatriz en el labio, o la viajera accidental que huye de un matrimonio condenado al final infeliz y se convierte casi en una inmigrante vocacional. Es, además, una línea imaginaria que conecta los seres y los espacios. Que hace que cada personaje pueda haber coincidido y seguramente lo habrá hecho, con alguno de los que protagonizan otros cuentos, y a los cuales nos alegramos de volver a ver, como a rostros familiares. Y si el azar es el oxígeno que permite la vida de todos esos seres que aparecen y desaparecen, vienen y van, saludan y se despiden, la caracola es el mapa que conduce sus vidas, un círculo perfecto, como el que trazamos todos, cuando nos lanzamos o nos lanzan en un avión o barco y regresamos o nos regresan una semana, un mes, un año después, los mismos pero otros, a nuestro punto de origen.
Como en cualquier ruta cuidadosamente elaborada, la experta en viajes Clara Obligado nos indica el orden conveniente en que debemos aventurarnos al abrir su libro. Cada viaje persigue un efecto y este no es una excepción. De ahí que aunque el lector caprichoso pueda, cómo no, leer sus territorios en la forma que desee, yo recomiendo seguir la estela en espiral, el logaritmo perfecto e intencionado de la caracola que nos dibuja el colofón, reflejo del libro, espejo redondeado que se repliega y se expande todo el tiempo.
Casi todos los viajes son una partida de ajedrez entre la vida y la muerte, una cuerda que pende entre esos dos lugares. Las incertidumbres son tantas y tan profundas cuando uno toma un vuelo o sube a un tren que sospecho que al viajar jugamos a adentrarnos en una primera muerte de nosotros mismos, en investigar cómo será ir a un destino que no conocemos, ser otros, como los muertos son otros distintos del vivo que fueron. Algunos de los personajes de Clara se marchan, lo apuestan todo, se buscan la vida, pretenden una vida mejor, sin saber si conseguirán completar sus pequeñas odiseas con éxito. Si la orilla que les espera no será un infierno o un cementerio para el viajero recién llegado. Aparecen, también, seres condenados en sentido literal, a un viaje del que no está previsto el regreso, a un caballo de hierro y muerte, el tren, que conduce a un campo de concentración.
También el tiempo es un riesgo, un elemento altamente inflamable con el que jugueteamos en nuestros viajes, que se puede estropear, como un motor o un raíl, que puede conducirnos al final de la espiral antes de la hora esperada. Creo, en este sentido, que Clara es capaz de expresar magistralmente las idas y venidas del tiempo, de su transcurso, de sus vueltas y revueltas, en uno de los cuentos más perfectos desde el punto de vista de la estructura, tan cuidada por lo demás, del volumen. Leed si no Agujeros negros, asomaos al interior de esa historia llena de pequeños cráteres por donde se deslizan los personajes, como juguetes de ese padre y esa niña que fantasean con el invento de una batidora de tiempo, que les permita recuperar a los seres amados muertos. De sus páginas salimos sabiendo que el accidente en el tiempo es todavía más letal, más mortal de necesidad, que el accidente en el espacio.
Otro aspecto que me gustaría comentar brevemente es el del viaje por la ficción. Creo que hacer vinculante el tema de la propia construcción literaria como viaje, como trayecto que nos pone en contacto con una nueva realidad, una nueva cultura, nuevas gentes, se consigue de manera extraordinaria en dos relatos. Uno es esa increíble recreación, ese otro sendero posible y deseado por tantos, a través del cual nos conduce Clara para mostrarnos el futuro no escogido, el billete de viaje rechazado por Meryl Streep en Los puentes de Madison. Una cara B inolvidable, que nos recuerda que siempre el viaje imaginado es infinitamente mejor, más perfecto, que el que realizamos de verdad, que el que nos atrevemos a vivir, y no solo a soñar. El otro relato al que aludo es La escritura, un cuento guiño a todos los que escribimos de vez en cuando, si personajes como la chica profanada por su padre en el país de los hielos llama a nuestra puerta pongamos que un mediodía cualquiera, mientras guisamos unos garbanzos en la olla exprés.
No existe un motivo más clásico, acordaos de Odiseo y su peregrinaje, ni tampoco más moderno que el viaje. Me interesa la distinción de viajero y turista que hace Clara al pergeñar sus personajes, pues todos viajan por obligación y no por placer, todos persiguen un destino, no unas fotografías trofeo de lugares señalados en la memoria colectiva de su tiempo. La Europa menos cosmopolita, la menos retratada en postales, aparece con frecuencia como espacio que se abandona, como costa que aleja al protagonista de su mundo anterior y lo deja convertido en un sin papeles, en alguien a quien es posible expulsar de un tren, como se dice en alguno de los cuentos. Lo hermoso de estos relatos es cómo hacemos el viaje con ellos, como nos creemos que había motivos de sobra para amar esa patria abandonada, su zozobra en el recorrido, su incertidumbre y vacío a la llegada. Yo he estado en un pequeño pueblo polaco, todavía envuelto en sombras nocturnas, he visto arder una hoguera en un jardín francés, he viajado a las cumbres nevadas de Siberia en cuyos hielos protectores quedó atrapado para siempre un pequeño mamut al que los siglos convirtieron en dios protector. En cada cuento me sentí protagonista y viajera, alguien a punto de ser expulsada de una historia en busca de la siguiente. Comprad este libro de viajes, equivocaos aposta como yo y subíos a él. Muchas gracias.
